AVE FÉNIX

Tuvo un sueño extrañísimo, que dudo pueda olvidar, tal vez fue culpa de él. Sí. Maldito Juan Rulfo, que la revolvió con toda esa muerte, fanatismo y misticismo. Soñó pues que caminaba por un largo camino junto a una procesión. Camino de esos polvorientos como los perfila Rulfo en sus cuentos. Ella, que en su vida material es frívola, sarcástica, burlona y arrogante; resultó ser en su sueño una ferviente religiosa.

Caminaba así ella con la procesión. Urgida por llegar a aquel cerro altísimo, tan alto él que se perdía entre el cielo, apretaba ella el paso.

Llegaron todos los fieles al fin a su destino. Subió ella que, entre el sueño y la vigilia, se sabía una extraña entre todos esos fieles, a pesar de…ella comenzó a sentir dentro un fanatismo tan profundo por lo divino, lo espiritual, que comenzó su flagelo.

Golpeábase ella con todo lo que encontraba, lianas, rocas, pedazos de lazo…los gritos de todos los fanáticos retumbaban en aquel cerro alto alto, implorando, suplicando quién sabe qué tanto. Cuando se asomó al precipicio contempló que los rodeaba una jungla tupida de árboles enormes, animales extraños, lianas que jugueteaban al entrecruzarse y…libros.

Millones de libros colocados uno encima de otro, en varios montoncitos, que invitaban a amortiguar la caída al valiente en despojarse de su existencia material. Todos seguían con su autocastigo. Ella sabiendo que tal vez nunca despertaría de ese sueño, que nunca se levantaría de ese sillón que lleva más de 10 años con la familia, ella, así, fanática… se arrojó al precipicio.

Como en todos los sueños, sintió el recorrido de la cima - a la sima de aquel templo. Las lianas esforzándose por detener su estrepitosa caída, las ramas de los árboles rasgándole la piel, el viento en su rostro gritándole “¿por qué?”, pero ella no quería detenerse, no sintió remordimiento y no deseaba haber escogido lo contrario: vivir.

¿Han escuchado cuando dicen que fuerte es el silencio?, así sucedió. Cayó bruscamente, un golpe seco de su cabeza estrellándose contra la tierra ¡TUC!

Después nada.

Se levantó sin dolor en el cuerpo, asustada de la mirada perpleja de los fanáticos. Espantada de encontrarse de nuevo en la cima del cerro. La impresión fue mayor aun cuando descubrió que su piel no la cubría, en su lugar, miles de plumas blancas enormes vestían su ser. Tosía. Descubrió que su lecho estaba repleto de cenizas y algunas de ellas todavía cohabitaban con las plumas. Se sacudía.

La gente comenzó a venerar su resurgimiento, la adoraban cual deidad, la tocaban, lloraban, fanatizados de nuevo todos se arrojaban al vacío para resurgir como ella. Nadie lo logró. Nadie regresó.

Y yo, que no quería estar ahí pero por alguna razón se me había dado otra oportunidad, se me había prohibido morir, yo, me arrojé de nuevo al abismo…una y otra vez me levantaba sin dolor alguno, subía al cerro y me lanzaba de nueva cuenta…una y otra vez, una y otra vez.

Al darme por vencida y aceptar mi condición de ser inmortal, creí que todo sería sencillo ahora… sólo tenían que adorarme. Pero la gente exigía más y más milagros y mis plumas comenzaban abandonarme. Se caían poco a poco y la gente las recogía como si fueran el remedio que los liberaría de su dolor. Algunas plumas se abrazaban a mi cuerpo, se aferraban, se resistían a abandonarme. Pero yo era lo que era por ellos, por los fieles, por los ebrios de fanatismo…me pedían más plumas…yo recogía las del suelo y las entregaba, se iban felices… hasta que aquel niño me pidió una de mis plumas, le entregué una pequeña con polvo de cenizas (que por alguna extraña razón, eran las más preciadas), él se limitó a decirme “no me gusta, quiero esa”, señalando una de las pocas que se negaba a dejarme. Y yo, que me debía a ellos, no tuve más remedio que arrancarla con fuerza de mi cuerpo. Y lloré… porque no podía darles más, porque no quería darles más, porque ahora todos me exigían más… lloraba yo, corría, huíamos mis plumas y yo, mientras ellos nos buscaban para robar las divinas plumas, para mutilarme pues, el cuerpo….

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